Cualquiera puede imaginar que para un doctor en medicina, las interioridades de la profesión pasan por conocer al dedillo cómo funciona y por qué deja de funcionar el cuerpo humano, saber evaluar una serie de síntomas, aprender de la experiencia de sus pacientes...
Se me hace más complicado pensar cuáles son las interioridades de una profesión como astronauta o inspector de hacienda. Pero sigue sonando a complicado.
Si hay algo a lo que todo el mundo se atreve es a hacer publicidad. Quizás sólo nos superan en este dudoso honor los entrenadores de fútbol. Porque ¿quién es capaz de ver un partido de fútbol sin criticar la alineación, pedir un cambio o reclamar a los jugadores que muevan el balón más rápido?
Seguramente cualquiera puede ser publicista (y entrenador de fútbol). Pero eso no significa que conozca la profesión como debería. Y la culpa de este intrusismo gratuito y del desprestigio de nuestro trabajo es... nuestra.
Resulta que los supuestos especialistas en conocer a las personas y persuadirlas no sabemos vender nuestra propia moto. Haz la prueba. Pregunta por ahí cómo es un publicista y oirás adjetivos como chulo, engreído, fantasma... Nada que ver con los que puedas oír de un médico o un astronauta.
Y ese es el mismo motivo por el cual cuando tu médico de cabecera te receta un jarabe, te lo tomes sin rechistar (aunque sepa a huevo podrido). Y por esa misma regla de tres, cuando un publicista le dice a su cliente que debería hacer un mailing se acaba haciendo un spot.
Señores publicistas, ha llegado el momento de ponernos serios. O espabilamos un poco o acabaremos en cualquier banquillo de un equipo de tercera regional. Digamos NO a los logos más grandes porque sí. NO a los textos redactados por el product manager de turno. NO a los cambios sin sentido. Basta ya de chapuzas.
No se puede hacer publicidad sin saber de comunicación. Quizás si mostrásemos más a menudo las interioridades de nuestra profesión alguien se sorprendería. Que somos mucho más de lo que se ve a simple vista. Te lo aseguro.
Mostrando entradas con la etiqueta publicista. Mostrar todas las entradas
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miércoles
Decíamos ayer...
Después de muchos días de ausencia, hoy vuelvo a Jauhow con los bolsillos llenos de divagaciones. En este tiempo han pasado muchas cosas, no es que el mundo de la comunicación se haya detenido de repente. No creo que pueda ni siquiera frenar. El que se ha parado he sido yo. A consciencia y sin remordimientos. Las vacaciones tienen la habilidad de relativizar mis absolutos de todos los días. Las horas dejan de ser metas a las que llegar. Madrugar es una opción, no una condición sine qua non para aprovechar el día. Las prisas son, simplemente, una tontería. Y etcétera, etcétera.
La primera semana de trabajo es ideal para descubrir por qué uno se dedica a lo que se dedica. Yo me alegro mucho de ser publicista. Y sobre todo, me encanta no haberme dedicado a la medicina. ¿Que por qué? No es que no esté conforme con el sueldo de un cirujano y no me sentiría incómodo lavándome las manos como si fuera un activista de la liga antigérmenes. Incluso me haría cierta ilusión que la gente me llamase doctor. Pero luego, pensándolo mejor, digo yo...
Imagínate que llegas de vacaciones y tienes que operar a corazón abierto. Para eso no estoy preparado. Con lo que me costó arrancar el primer día, imagínate tener una vida en tus manos. Por eso me río de todos los publicistas que se estresan. Que sí, que de acuerdo, todos tenemos derecho a pasarlo mal. Pero por favor, un poco de perspectiva. Si haces mal un anuncio, siendo muy pesimistas, venderás unos cuantos yogures menos o perderás la oportunidad de fidelizar a unos pocos consumidores. Nada grave si se compara con el pitido agudo de un encefalograma plano. Vaya que, un lunes por la mañana, siempre es mejor un marrón que un muerto.
A otra cosa. No sé si te has enterado de que el mundo ha estado a punto de explotar hace unos días. El Nostradamus de turno anunció que con el experimento del acelerador de partículas de Londres nos íbamos todos a tomar por algún agujero negro. Pero de momento, gracias a dios, al big bang o a quien corresponda, no ha pasado nada reseñable. ¿Te has fijado lo ingrato que es el papel de "predictor" del fin del mundo? Nunca aciertan y el día que acierten ni siquiera les quedará el consuelo de vacilarnos con el típico "¿te lo dije o no te lo dije?". Qué contento estoy de ser publicista...
También se me ha ocurrido pensar en la crisis. Bueno, a decir verdad, no hay manera de pasar por alto algo que te repiten a todas horas por la tele, en la radio o en el ascensor. La crisis es como un reality cualquiera. Es lo peor, nadie lo ve, pero está ahí todos los días y todo el mundo lo comenta. Y ya que estamos en el tema... ¿Alguien sabe qué es un barril de Brent? ¿Has visto alguno últimamente? Yo tampoco.
Me quedan algunos temas en el tintero, pero por hoy basta ya de tonterías. Para terminar este post, quiero agradecerte que sigas aquí, leyendo a alguien lo suficientemente impresentable como para dejar de escribir tantos días y volver sin pedir perdón ni dar excusas. Quizás un "estoy muy liado y no tengo tiempo" habría sido suficiente para encontrar un poco de comprensión en mi público, pero vista la mala fama que tenemos los publicistas de por sí, no voy a ser yo quien eleve la talla moral de esta profesión. Prometo no tardar tanto en volver a teclear algo por estos lares (al fin y al cabo, nadie espera que un publicista cumpla sus promesas).
La primera semana de trabajo es ideal para descubrir por qué uno se dedica a lo que se dedica. Yo me alegro mucho de ser publicista. Y sobre todo, me encanta no haberme dedicado a la medicina. ¿Que por qué? No es que no esté conforme con el sueldo de un cirujano y no me sentiría incómodo lavándome las manos como si fuera un activista de la liga antigérmenes. Incluso me haría cierta ilusión que la gente me llamase doctor. Pero luego, pensándolo mejor, digo yo...
Imagínate que llegas de vacaciones y tienes que operar a corazón abierto. Para eso no estoy preparado. Con lo que me costó arrancar el primer día, imagínate tener una vida en tus manos. Por eso me río de todos los publicistas que se estresan. Que sí, que de acuerdo, todos tenemos derecho a pasarlo mal. Pero por favor, un poco de perspectiva. Si haces mal un anuncio, siendo muy pesimistas, venderás unos cuantos yogures menos o perderás la oportunidad de fidelizar a unos pocos consumidores. Nada grave si se compara con el pitido agudo de un encefalograma plano. Vaya que, un lunes por la mañana, siempre es mejor un marrón que un muerto.
A otra cosa. No sé si te has enterado de que el mundo ha estado a punto de explotar hace unos días. El Nostradamus de turno anunció que con el experimento del acelerador de partículas de Londres nos íbamos todos a tomar por algún agujero negro. Pero de momento, gracias a dios, al big bang o a quien corresponda, no ha pasado nada reseñable. ¿Te has fijado lo ingrato que es el papel de "predictor" del fin del mundo? Nunca aciertan y el día que acierten ni siquiera les quedará el consuelo de vacilarnos con el típico "¿te lo dije o no te lo dije?". Qué contento estoy de ser publicista...
También se me ha ocurrido pensar en la crisis. Bueno, a decir verdad, no hay manera de pasar por alto algo que te repiten a todas horas por la tele, en la radio o en el ascensor. La crisis es como un reality cualquiera. Es lo peor, nadie lo ve, pero está ahí todos los días y todo el mundo lo comenta. Y ya que estamos en el tema... ¿Alguien sabe qué es un barril de Brent? ¿Has visto alguno últimamente? Yo tampoco.
Me quedan algunos temas en el tintero, pero por hoy basta ya de tonterías. Para terminar este post, quiero agradecerte que sigas aquí, leyendo a alguien lo suficientemente impresentable como para dejar de escribir tantos días y volver sin pedir perdón ni dar excusas. Quizás un "estoy muy liado y no tengo tiempo" habría sido suficiente para encontrar un poco de comprensión en mi público, pero vista la mala fama que tenemos los publicistas de por sí, no voy a ser yo quien eleve la talla moral de esta profesión. Prometo no tardar tanto en volver a teclear algo por estos lares (al fin y al cabo, nadie espera que un publicista cumpla sus promesas).
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